Ø Introducción:
El alumno tiene que ser el centro,
pero no el centro para tirar tizas o arruinarle las clases al profesor. Con esa
premisa, que intenta fortalecer el papel y la autoridad del docente en le aula,
el pedagogo Jaime Barylko, propone activar una revolución educativa, que
no es otra cosa que volver a los valores que la escuela ha dejado arrumbados.
Intenta corregir, así, la distorsión que se produjo cuando el mundo de la
educación comenzó a darle más importancia al aprendizaje - lo que le sucede al
alumno, cómo capta las cosas y las internaliza -, que a la enseñanza – las
estrategias que desarrolla el maestro en la clase-.
En La revolución
educativa, su último libro que acaba de editar Sudamericana, Barylko
plantea que el trabajo de los maestros para motivar a los estudiantes,
especialmente en la enseñanza de los buenos valores, es terriblemente difícil,
porque le docente está solo, la sociedad no lo acompaña.
Con Rousseau se produce la revolución
del aprendizaje, se empezó a predicar que al niño hay que darle
experiencias, que hay que limitar la enseñanza. La idea es maravillosa, pero en
el mundo nos pasamos de rosca. El niño se volvió el gran dictador, y el
profesor se volvió esclavo del niño, reflexiona el pedagogo en una
entrevista con La Nación, al referirse a los valores que prevalecen en la vida
escolar.
Frente a esa realidad,
advierte: Una cosa es ser el guía y otra cosa esclavo. La distorsión es
el sometimiento por miedo a quitarle la libertad al alumno, entonces el niño
dice: Esto que estamos estudiando no me gusta. La historia, Belgrano y la
creación de la Bandera, francamente no me sirve. ¿Qué hago con un poema de
Arturo Capdevila?. ¿Por qué no estudiamos mejor los poemas de Charly García?-.
Ø
¿Cómo es la revolución educativa que usted
plantea?
La revolución no hay que
hacerla con presupuesto, con computadoras. Tiene que ser una revolución de
actitud. El niño no puede elegir a menos que el maestro le enseñe opciones.
Tenemos que volver a enseñar.
Ø
¿Ese cambio de actitud debe afectar
solamente a los docentes?
Los docentes se van a sentir
reconfortados, porque en la actitud anterior hubo una especie de desprecio al
docente. Los que más los han menospreciado en los últimos 30 años son los
padres de los chicos. Antes respectaban a la institución escolar, a los
maestros. Hoy apoyan todo movimiento contra los docentes y los colegios, como
ha pasado con las tristes vueltas olímpicas. Los padres, en lugar de respaldar
al rector, apoyaron a sus hijos, que se habían comportado como vándalos.
Ø
¿La educación no puede ser placentera?
Absolutamente. Si yo fuera
ministro de Educación sacaría carteles en las calles para destruir ese mito. Muchachos:
ir a la escuela no es placentero. Pero sin eso no pueden adquirir
conocimientos, cultura y saber. Yo tengo que advertirle al alumno: Vas a
encontrar cosas que te gustan porque encajan con tus vocaciones y hay otras que
las tenés que estudiar sí o sí, te guste o no, porque a la sociedad no le
gusta, por ejemplo, que escribas con faltas de ortografía. La revolución
consiste en dejar de engañar a los chicos. Decirles la verdad. Nuestra juventud
está resentida por todas las mentiras que ha recibido: mentiras políticas,
mentiras económicas y también mentiras culturales.
Ø
¿Cuáles son esas mentiras culturales?
Se le ha dicho: vos vas a
poder hacer loo que quieras. Toda esa permisividad es mentirosa. Los
terribles aplazos de alumnos en los ingresos a las universidades y en los
primeros años se producen porque no hubo una previa educación para el esfuerzo.
La sociedad argentina no toma conciencia de las contradicciones de sus
mensajes. Si uno pregunta: ¿Quiere usted que su hijo conozca algunos poemas
de Borges, o cuentos de Horacio Quiroga, Marco Denevi?, los padres van a
responder que sí. Pero si se les dice
que los lean en su casa con usted, dicen: ¡Ah, no, así no!.
La escuela no es placentera,
no es fácil, hay que trabajar, hay que hacer tareas en la casa. Un poco de
tarea el sábado y domingo no va a envenenar a nadie.
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Gustavo A.
González Capdevila: gonzalezcapdevila@hotmail.com